Opinión de Viqui Pérez Campos: “Educar: el sendero que enciende futuros”
La educación no es un edificio al que se entra, sino un sendero que se va inventando bajo los pies. A veces huele a tiza y a libros antiguos; otras, a lluvia sobre tierra nueva, cuando una idea germina sin pedir permiso. Educar no consiste en llenar vasijas, sino en encender pequeñas hogueras que ardan incluso cuando el maestro ya no está.
Hay preguntas que son llaves, y otras que son puertas. La educación, en su forma más viva, enseña a distinguirlas. Invita a perderse con elegancia, a dudar con valentía, a mirar lo cotidiano como si escondiera un secreto. Porque lo esconde. Siempre.
Un aula puede ser un lugar o un instante: la pausa antes de responder, el brillo en los ojos de quien comprende, el silencio compartido donde algo invisible se acomoda. Allí, en ese territorio intangible, el conocimiento deja de ser dato y se vuelve experiencia, casi música.
Quizá educar sea, en el fondo, un acto de confianza: creer que cada mente es un paisaje en construcción, que cada error es un trazo necesario, que cada descubrimiento —por pequeño que parezca— ensancha el mundo. Y entonces, sin darnos cuenta, aprendemos que enseñar también es aprender a mirar de nuevo.
Dijo Celaya que “la poesía es un arma cargada de futuro” y como tal tiene la fuerza de la reflexión, de la crítica y de la sensibilidad. Algo parecido le ocurre a la tarea de educar; esa combinación maravillosa que aúna verdad, contenido, entrega, acompañamiento, estímulo, diversidad, ritmos, escucha y mirada crítica para la vida. Sin duda, la base prioritaria para una sociedad cívica y solidaria, democrática y justa. La educación es una inversión a medio-largo plazo y un valor intrínseco de nuestra labor colectiva, de nuestra conciencia social.
Un sendero que traza su recorrido mientras se esboza el camino.
Un futuro al que atender con mirada valiente.

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