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Opinión de Mireia Corachán: ‘Hasta pronto compañero’

El Puig es un pueblo bonito y tranquilo en el que compartíamos 60 metros cuadrados de amor y complicidad. Hasta que la ternura se hizo materia y nuestra hija Victoria llegó a nuestras vidas para colmarlas de alegría. Entonces, nuestro hogar se quedó pequeño y llegó el momento de tomar decisiones. Yo quería volver a La Cañada, donde me crié, aunque tú tenías tus reticencias.

Finalmente, la insistencia ganó el pulso y encontramos un unifamiliar precioso donde continuar nuestra vida. Pronto te acostumbraste al verde de los pinos y al ladrido de los perros, a nuestra plaza e incluso a nuestro paso nivel y al ruidoso metro. En pocos meses te convertiste en un cañadiense más.
Nueve años después, la muerte ha querido llevarte en Valencia, el pasado 24 de enero, y nuestro olivo es quién custodia tus preciadas cenizas.

Porque tú, Juanjo Bas, no sólo eras un cívico y tranquilo vecino de la Cañada, eras el hombre de mi vida, el padre de mi hija y un profesor ejemplar. Ocupabas el cargo de vicedecano de Comunicación Audiovisual en la UCH-CEU y recientemente te habían otorgado una cátedra de Cultura Audiovisual. No sabremos si fue el estrés lo que hizo que se rompiera ese corazón tan grande, pero sin duda, tu ausencia es tan real como hiriente.

Hombre calmado, amante de la buena mesa y conversación, conciliador, diplomático, con una sonrisa y bonhomía eternas. Referente para muchos estudiantes de Periodismo, hombre relevante en el mundo universitario, mago de la palabra y cirujano del cariño. Se nos ha ido un buen vecino y a mi, el amor de mi vida, mi más querido profesor.

Tu recuerdo nos acompañará siempre. Hasta pronto, compañero.

Mireia Corachán

Vecina de La Canyada

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Un comentario en «Opinión de Mireia Corachán: ‘Hasta pronto compañero’»

  • Vecino, compañero, amigo. Tristemente se ha ido antes de tiempo una persona muy especial. No volveremos a cruzarnos en el supermercado, ni llevando a los niños al colegio de buena mañana, y ahí quedará suspendida para siempre esa cena pendiente de compañeros «cañadienses». Por suerte queda su olivo. Cuando alguna vez pasaba a recogerlo y no recordaba su número de casa, siempre me recordaba que era la del olivo. Se te echa mucho de menos, compañero.

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